
“Mientras no se hayan seccionado las raíces todo está bien y seguirá estando bien”. Con estas palabras, Chancey, aquel jardinero memorable interpretado por Peter Seller en la no menos notable “Being there” (Desde el jardín, como se conoció en nuestro país), inicia un diálogo con el millonario Ran que se convertirá en un clásico del cine. Allí, la película abre un debate metafórico sobre la comunicación y sus barreras, y en especial sobre cómo las palabras se vuelven relativas cuando el receptor está, paradójicamente, en otro canal. Mister Gardiner habla de flores, Ran, de política. Uno aconseja sobre tallos, el otro interpreta estrategias. En definitiva, hablan de otra cosa. Con el mismo idioma, las mismas palabras, pero en otra leguaje.
15:16 hrs | La figura de mister Gardiner, que se basa en una novela de Jerze Kisinski, sirvió con el tiempo para ejemplificar sobre los aspectos más problemáticos del análisis del discurso. Discursos que se nutren, entre otras cosas, de silencios. Que son tan significativos como las palabras. Silencio que notamos en estos días en las máximas autoridades farmacéuticas de la provincia de Buenos Aires, ante los problemas que se viven en el sector. Las palabras de todos dicen “franquicia, asimetrías, cadenas de farmacias”, pero en el jardín sólo hay silencio. Y mientras mister Gardiner cuida los almácigos, afuera la pelea se hace cada vez más desigual.
En el mundo farmacéutico, se van sucediendo una serie de problemas y de cuestiones a discutir que se amontonan en la columna del “debe”. Sin embargo, como sucede en algunos pasajes de “Desde el jardín”, lo que encontramos del otro lado se trasmite es un sospechoso silencio. Porque ante estos problemas -arto conocidos, como son la franquicias que se vienen, la defensa de la ley 10.606 de farmacias, las cadenas de farmacias SA, etc. -y la necesidad de una articulación conjunta, de una convocatoria para determinar una estrategia común, sin banderías de listas eleccionarias, la respuestas de mister Gardiner es (Oscar Ahumada ditix) “un silencio atroz”. Obsceno y sospechoso.
Cuando uno habla con nuestro amigo jardinero, cuando se le acercan colegas de Colegios de todas partes con la necesidad de sentarse a discutir como se frena la llegada de “mostradores calientes”, de franquicias que crecen al ampara incluso de esta ley que tanto defendemos (incluyendo los dueños de farmacias que quieren “autofranquiciarse”), cuando esto es elevado al colegio más importante de la Argentina, la respuesta es un silencio atronador. Siguiendo la línea de la película de Peter Seller, nos preguntamos si este silencio tiene que ver con una mala interpretación de las palabras, de un “ruido” en la comunicación, o con otra cosa, con la presencia de dos mundos distintos, con necesidades diferentes que nunca llegarán a coincidir.
Hagamos un paréntesis. Cuando con los referentes provinciales nos sentamos a discutir política farmacéutica, siempre aparece “el vivo de la cuadra” que se escuda en que la pelea que queremos dar se hace cuesta arriba, “y los indios vendrán en malón”. Y sin embargo, quien recorre la provincia se da cuenta, lo ve, lo siente, que los colegas están que arden con dos temas: primero, el negocio farmacéutico, la famosa “caja”, porque no pueden soportar más el sistema de financiamiento que se impone a la farmacia (como pasa en PAMI, la mejor obra social de América, que no queremos perder pero que en estos momentos tenemos que poner más plata para conservar el mismo negocio, o sea mas financiación por parte de las farmacias); segundo, el arribo a la provincia de Buenos Aires de un sinnúmero de franquicias. ¿Esa bronca, esas ganas de salir ya mismo de esta celada que nos pone el sistema; no es una forma de compromiso? O se necesita de una crisis para ver que la gente está dispuesta a dar la discusión. Las farmacias y los colegios de partido que la representan no encuentra los interlocutores válidos.
Volviendo a los silencios, la pregunta que nos hacemos es cuánta información caleinte nos brindan sobre estos temas, formal, por los medios oficiales, que dependen del Colegio Oficial provincial. Ninguna. Tampoco se ve capacidad para llamar, en la era de las comunicaciones, a un representante por cada zona -elegidos por el propio organismo provincial, si quieren por afinidades o arbitrariamente -para articular una misma estrategia, y comprobar que con esta ley, pese a todo el trabajo realizado para su defensa, están arribando franquicias de todos los colores que van a hacer de la provincia de Buenos Aires un ambiente irrespirable para el mostrador independiente.
Uno se pregunta si ante esta problemática quienes conducen tendrán la misma actitud de mister Gardiner, regando las plantas, cortando las raíces del bonsai y hablando de lo que cree es el mundo, mientras el resto espera una respuesta a su problemática diaria. Una anécdota por ahí sirve para magnificar el peligro de este silencio. El que escribe tiene algunos conocidos que trabajaron dentro del fallido gobierno de la Alianza, y conocieron el trabajo diario del ex presidente Fernando de la Rúa. Para ellos, el radical era una persona intelectualmente honesta, que solía pedir consejos de gobierno a jóvenes que lo acompañaban. Preguntaba cuando no sabía. Incluso, tenía varios equipos de diagnóstico y de estrategias que trabajaban en paralelo, a quienes consultaba repetidamente. Siempre escuchando, nunca opinando. Al principio, esto fue visto por estos conocidos como una enorme virtud, la de escuchar a todos y después tomar una decisión según su criterio. Nutrirse de varias opiniones, articular, y luego decidir. “Este fuma abajo del agua” decían estos amigos al principio. Bárbaro. Pero a los nueve meses, ese silencio del ex presidente comenzó a ser sospechoso, y se volvió sinónimo de la falta de carácter y decisión de De la Rúa. La historia, claro está, habla sola, y lo que vino sirve para entender a donde conducen esos silencios que hoy denunciamos.
En la profesión, estos silencios nos traen sospechas. Esto que estamos diciendo, que estamos pidiendo a viva voz o por estas refutables y seguro reprochables líneas, querido lector, para que los colegas puedan estar informados y se articule una estrategia en torno a los problemas, no parece despertar a los habitantes de nuestro jardín. Y nos asemeja de alguna manera a la experiencia de la Alianza, que vista en el tiempo pierde su carácter trágica (porque lo fue, fue una tragedia para el país) para volverse casi chistosa. El propio silencio nos llevará al desmadre por inacción, o es un silencio a propósito, tendencioso, digitado. No lo sabemos. De verdad no lo sabemos.
Por el momento, los colegios nos comunicamos. Hablamos entre partidos vecinos, con algunos que estamos alejados, algunos que casi no tenemos conocimiento de la cara del que está detrás del teléfono. Hablamos, y la pregunta surge casi instantáneamente: por qué tanto silencio. De buena leche, es un interrogante que no podemos debelar. Porque finalmente, esto va a hacer, más tarde o más temprano, que el mayor de nuestros miedos se haga cuerpo. Y mientras tanto, mister Gardiner sigue en el jardín. Hablando de rosas, hojas y brotes, sin percatarse lo que sucede a su alrededor. Cultiva sus plantas, ajeno al mundo que lo rodea. ¿Demasiadas similitudes con nuestra realidad diaria? Como aquel embajador le dijo, de manera sugestiva a nuestro jardinero: “esta fábula se podría aclarar aún más, pero no provoquemos a los gansos”.
Néstor Caprov