viernes, 31 de julio de 2009

Crónicas marginales: el gran agujero negro de la venta ilegal de medicamentos del CONURBANO SUR


Recorrida por la feria de San Francisco Solano, el gran mercado negro de los medicamentos del conurbano Sur. Una crónica donde la salud pública vive amenazada por la informalidad y la falta de controles. Un recorrido por las entrañas de un monstruo alimentado por la desidia de un Estado ausente.




La primera mirada impresiona. Un mar de techos de lona y chapa que se pierde en el horizonte, y se funden más allá de las 25 cuadras de extensión que tiene, oficialmente. Aunque de su tronco principal, como ramas de un árbol frondoso, salen pequeñas extensiones de puestos y carros, lo que hace muy difícil calcular su verdadera dimensión. Allí, en ese universo de compra y venta, que se hizo famosa por su informal crecimiento, se encuentra una de las tantas estaciones terminales de la mercadería robada de las camionetas de las droguerías y cooperativas farmacéuticas. Emplazada en la localidad de San Francisco Solano, la feria es de todos. “Solano tiene dos cosas: la feria y Nazarena Vélez, las dos nacidas acá”, dice la gente. Eso, y la difusión de alguno de los varios delitos diarios, son los temas con que se asocia a esta populosa localidad que comparten -y abandonan con igual frialdad -Quilmes, Avellaneda y Almirante Brown.

La feria de Solano trascendió las fronteras de sus propios límites y ya es parte del imaginario popular del conurbano Sur. Parte de una tradición de grandes ferias latinoamericanas, en Solano se encuentra de todo. Y esto no es un eufemismo. Sus puestos son un muestrario de infinidad de productos y servicios para todos los gustos. De películas “truchas” a piezas de ortopedia. De libros y revistas usadas a loros barranqueros o medicamentos. Todo está en los puestos de Solano. Bajo el mismo paraguas de marginalidad y falta de control.

Caminar por Solano es adentrarse en una aventura fascinante. Su magnitud, en tamaño y en movimiento, la convirtió paradójicamente en una basta zona invisible para todos. En sus pasillos, el olor a fritura se mezcla con los humeantes chorizos, que invitan a hacer un parate en medio de una caminata larga, lenta, trabajosa, peregrinación moderna a un santuario de informal capitalismo. Esta forma tan expuesta, desprejuiciosa y prepotente de ofrecer productos para la salud, tal vez sea la explicación por la cual nuestros amigos inspectores de la provincia de Buenos Aires no se asoman para ver el gran agujero negro de la venta ilegal de medicamentos.

Uno no tarda en encontrar los fármacos. Fuera de toda norma sanitaria, en varios puestos en pleno corazón de la feria, los remedios son parte del comercio diario. Exhibidos en precarios estantes, la feria con nombre de santo ofrece varios productos, desde las comunes aspirinas hasta antibióticos y productos muy complejos. Pasamos por varios puestos. En uno de ellos, el amarillo de una caja me llama la atención. La impunidad que ofrece la feria hace que los vendedores muestren sus ofertas a viva voz. “Hay Tamiflu”. Vine a buscar ese cartel, ese puesto, ese crimen. Fui a buscar el antiviral de moda, el que está en boca de todos, el que sale 130 pesos, el que los ricos van a buscar al Uruguay y los pobres a Solano. “Hay Tamiflu en Solano”, me dijeron. El rumor crece como la gente que camina la feria.

Para vender medicamentos en Solano hay que saber dónde arreglar. El resto es parte de esa impunidad que no tiene límites y no tiene cura. Sin control, las “farmacias de feria” venden a diestra y siniestra. A 20 minutos de Capital Federal, a dos colectivos del centro del país, a un rato en auto de La Plata, la feria tiene reglas propias. Los puestos no repiten los productos, ponen carteles atractivos, hacen marketing sin saber qué es.

Así, los fármacos van de mano en mano y alimentan las peores amenazas de la salud pública. Pero también alimentan a miles de personas que “salvan la semana” cada vez que los puestos se arman. Una feria como la de Solano es un ícono de una realidad ya no sólo argentina sino latinoamericana y mundial. Una realidad que se forja con informalidad, ilegalidad, coima y necesidades. “Nadie controla nada”, dicen los puesteros, entre cómplices y resignados. Muchos tuvieron comercios en locales pero las sucesivas crisis los empujaron a esta feria, que se vuelve interminable. En sus laberintos, hay palabras que brillan por su ausencia. Una de ellas es inspector.

Sobre un mantel, los medicamentos se alinean y esperan manos compradoras. Algunos no tienen fecha de vencimiento, ni si quiera una caja o un prospecto. Están ahí, salidos de vaya a saber donde, con poco que decirnos y mucho que dañarnos. Sus dueños tampoco saben mucho de ellos. Algunos apenas están parados ahí para ganarse el día, cuidando el negocio que otros(s) hace(n). Él no pregunta, necesita los mangos y supone que “no le hace mal a nadie”. Sabe que nadie le va a preguntar. Cuando uno empieza a caminar por los pasillos de la feria hay una verdad que se va asumiendo: pocas preguntas es la mejor actitud.

Es curioso como pese a todo la feria se esmera por formalizar su comercio. “Tenemos garantías” “se hacen facturas” “si no funciona tiene cambio”, algunos de los carteles que invitan a los desconfiados. Para esto, algunos puestos tienen luz, traída de alguna casa amiga, probadores improvisados y otros rebusques. Con los medicamento este esfuerzo no vale. Nadie, en la feria, puede garantizar que el producto sea legal, esté bien guardado, dañado o adulterado.

Después de caminar un largo trecho, la feria muestra todo su encanto. Al ritmo de la cumbia bien fuerte, los puestos se van volviendo iguales, sus dueños también. La monótona melodía de un radio-grabador narcotiza los sentidos. Todo es grande, sin forma, confuso. En las venas de la feria de San Francisco Solano, que empieza en la calle 828 y se extiende más allá de la imaginación, corre gente, que alimenta este monstruo que zigzagueante todo lo abarca. Tentado, hasta se puede comer una empanada, parado, al lado de un puesto de herramientas. Puede vestirse, arreglar ese viejo lavarropa –o venderlo –puede comprar un libro –una edición de “Por quién doblan las campanas” de Ernest Hemingway a cuatro pesos adorna mi biblioteca –en fin, puede hacer todo en esa caminata. La diferencia es el grado de riesgo. Ese es el problema con los medicamentos: la garantía la pone el comprador. Es su salud, por si dudaba.



Néstor Caprov

martes, 28 de julio de 2009

El verdadero zorro es Don Diego De la Vega


Los abuelos suelen usar una frase para definir cuando las cosas mal hechas son cada vez más frecuente y cada vez más escandalosas. Suelen decir que estamos “curados de espanto”. Como ocurre muchas veces con la sabiduría popular, en esta frase se sintetiza esa mezcla de espanto y resignación, de cosas que no se deben hacer pero casi no se pueden evitar. Como ese “curados de espanto”, muchos vemos cada día como proliferan en lugares más insólitos la venta de medicamentos fuera del circuito de la farmacia.


Para entender esta proliferación, sólo basta darse una recorrida por el conurbano bonaerense. A los kioscos, estaciones de servicio, almacenes y otros comercios se le suman ferias municipales, puestos de frutas y hasta carritos callejeros exclusivos de estos productos, sobre todo desde que la gripe A abrió la puerta al mercado negro de los productos relacionados con su prevención y su combate. Ya no queda lugar, por inverosímil que resulte, donde no haya algún inescrupuloso que venda medicamentos, y encima de consejos.

Esta realidad no es ni nueva ni reciente. Sin embargo, en estas calles del conurbano bonaerense, abarrotadas de puestos de venta ilegal, los controles son como el sentido común: materia escasa. Desde hace rato, la tarea de la Dirección de Farmacia del ministerio de Salud de la provincia de Buenos Aires brilla por su ausencia. Porque el zorro que uno miraba en la infancia: Don Diego De la Vega, nunca era de quedarse en su escritorio y pidiendo permiso para cada cosa coyuntural. No, el zorro salía a combatir a cuanto forajido irrumpiera por la fuerza y con el mayor desparpajo. Pero lo cierto es que este pasmoso posmodernismo actual, convierte a nuestro recordado paladín: Don Diego de La Vega, en un conformista de escritorio, “luchar contra el mal” dando ordenes a larga distancia, es toda una desilusión. Un enmascarado que supervisa así, solo, la altura de soda de los sifones que sobraron de la noche anterior..


El departamento de Farmacia, dependiente de la subsecretaría de Control Sanitario, es el cuerpo encargado de hacer estos controles. Pese a las denuncias, las 12.000 muertes anuales y los miles de casos a la vista de todos, los inspectores no aparecen con la constancia y el celo que sí lo hace para requisar farmacias. Por el contrario, se los ve cada vez más consustanciados con esa visión sanitarista que dice: vayamos a fondo a buscar a los malos boticarios, a esos los encontramos hasta en la oscuridad. Siempre están al alcance de la mano para cualquier castigo. Realizando operativos para nada cuestionados, si no tuvieran de fondo una jungla de venta ilegal sin castigar (sino, sólo basta ver la editorial de este medio “Inspecciones en farmacias de Lanús, más allá del bien y del mal”, publicada el 23 mayo).

Pero un dato más dantesco es que el propio ministerio, la propia dirección de farmacia, sin quererlo, se vuelven funcionales al accionar de los evasores que compran y venden mercadería robada o trucha en cualquier puestito callejo. La importancia de esto se vuelve fundamental cuando el fisco reclama con denodado esfuerzo, el pago de los tributos y nos hace sentir esa presión tan característica y poco cariñosa. Doble imputación evasión al fisco y atentado a la salud de todos.
Pero sería injusto cargar todas las culpas en nuestra dirección de farmacia provincial, no, para nada, hay una fila mucho más larga para ocupar un lugar en el banquito de acusados. Los propios organismos de control de las municipalidades del conurbano bonaerense, que les importa un bledo las ordenanzas ya votadas y promulgadas en cuanto a la venta ilegal de medicamentos fuera de la farmacia. Son una parte importante de este estado de cosas. Dejadez, complicidad, o ninguneo al problema que estamos citando, es duro develarlo pero con un poco de cada gusto no le estaríamos errando demasiado al tiro.

Ante esta situación, uno piensa rápidamente, en aquellos falsos guapos de barrio, que se las agarraban con el más chiquito de la cuadra para “hacerse los matones” ante las miradas de las vecinas curiosas. Es fácil atacar al eslabón más débil de la cadena de responsabilidades, atacar a la farmacia independiente, mientras en los alrededores pasa de todo. Resulta extraño comprobar que mientras estos controles se dan con mayor frecuencia –insistimos, controles legales que deben cumplirse –nadie hace nada con el crecimiento exponencial de robo de camiones cargados de medicamentos de las droguerías y cooperativas farmacéuticas, por ejemplo. O cómo se esquiva en estos controles a los mayoristas o las grandes ferias municipales, que venden con máxima impunidad a la vista de todos.

Mientras esto siga así, y se continúe alimentando impunemente al demoníaco canal K, la salud de los argentinos estará en riesgo. Por más que se anuncien controles y secuestros de mercadería en la ciudad de las Gaviotas (con el debido respeto a los gaviotenses, una ciudad entrañable y recomendable para las vacaciones), se estará sacando migajas a un enorme mercado, que descarga impune, containers de medicamentos bajo receta en mayoristas y almacenes.

Lamentablemente, la cartera sanitaria están repitiendo un modelo que ya demostró su fracaso. Hablamos del que impulsó, el ex titular de la Agencia de Recaudación de Provincia de Buenos Aires (ARBA) Santiago Montoya. El ex recaudador solo quiso realizar durante su mandato un sistema de “pesca en pecera”, que apretaba cada vez más a quienes eran los que pagaban todos los meses sin la menor intención de ampliar la base tributaria, es decir, sin salir a buscar a los que no pagan y evaden (ver nuestra nota “Abuso deshonesto en la pecera”, editorial publicada el 22 de abril de este año). Algo así se da en este momento en las inspecciones de la dirección de farmacia de la provincia de Buenos Aires. Limitan el trabajo en los sectores más “4 de copas”, y no se llega ni remotamente a la raíz del problema.

Para tener una política de control sanitario, es necesario dos cosas: una visión de dónde surge el problema, en este caso de dónde se nutre el canal K de los medicamentos truchos, y segundo, coraje. Coraje para enfrentar a los verdaderos “capangas” del asunto. Sino, por más buenas intenciones que haya, se le termina pegando patadas en el traste a los más petizos. Y por más que algunos idiotas, que siempre le tienen el saco a los que ejecutan sin aviso y festejan en silencio esas piñas, la cuestión no está resuelta ni mucho menos.

El término “perejil” aparece en nuestra mente. Otra vez la sabiduría popular que resume muchos sentimientos. “Perejiles”, pensamos, cuando le sacan dos blister al almacén de Doña Rosa en el barrio San José. “perejiles”, pensamos, mientras atendemos amablemente a los inspectores, sabiendo que a pocas cuadras el canal K abre una nueva sucursal del tamaño de la torre Eiffel, en la calle y a la vista de todos, amparados por el puntero de turno. No alcanza la buena intención. Faltan otras cosas. Poner todo sobre la mesa. Y sí la decisión es jugar a favor de la salud de la gente y defender la ley provincial de farmacia 10.606, por favor: busquen donde esta el agujero negro y como solía decir el maestro Arturo Jauretche, “cuando metan el cuchillo que lo saquen cortando”.



Néstor Caprov

miércoles, 1 de julio de 2009

La red de farmacias independientes frente al virus de la gripe A


Son tiempos difíciles en materia de salud en la Argentina. El brote de la gripe N1H1, la popular y temida gripe A, mantiene a la gente en un estado que va de la alarma a la psicosis. Con el ministerio de Salud acéfalo un par de días, la pregunta que flota en el ambiente es qué tan bien está trabajando el sistema sanitario para evitar males mayores. A este interrogante cabe añadir cuál es el rol que debe asumir la farmacia profesional, como una de las partes del sistema sanitario argentino.

En primer lugar, hay que señalar lo que se ve cada día. Es muy importante la labor del farmacéutico, porque colapsadas las guardias médicas en hospitales, sanatorio y clínicas privadas, colapsado el sistema de atención domiciliaría, la farmacia está cumpliendo con su rol natural: un centro de salud de atención básica. Lo que está haciendo el farmacéutico es orientar sobre las medidas sanitarias y de profilaxis que se deben tomar, porque el virus ya está caminando entre nosotros. Por eso el profesional orienta para que ante la aparición de un síntoma de gripe, esta sea tratada como la más virulenta. Sin dilaciones más inexplicables

También es bueno remarcar un dato distintivo, ya que lo notamos en las farmacias a diario, y es que hay pocos abuelos engripados. No hay casi casos. Parece menos que un detalle, pero habla muy bien de la campaña de vacunación antigripal llevada adelante por el PAMI en las farmacias. Los jubilados no tienen demasiadas prescripciones, en la su habituales recetas de medicamentos antigripales, antitérmicos y similares, por eso la importancia de haber cubierto a cientos de miles de abuelos mediante la red de farmacias. Esto demuestra que cuando un Estado u Organismo Centralizado, en este caso el PAMI, piensa y articula una campaña de prevención que pretende llegar a la mayor cantidad de personas posibles, si se utiliza una red de alcance masivo como la farmacias independientes, el resultado es notablemente favorable. Esto es un simple dato de la realidad.

Otro caso de anticipación es de México, que ahora parecen tan lejano. Cuando explotó la influenza H1N1, la gente y las autoridades sanitarias mexicanas, tomaron con seriedad las herramientas que el Estado puso a su disposición para combatir de entrada esta epidemia. Hubo barbijos para todos, los espectáculos masivos se realizaron sin públicos (como el fútbol, que disputó por lo menos un par de fechas sin hinchadas), el gel antiséptico estuvo disponible, grandes complejos industriales licenciaban con trabajo para el domicilio a sus empleados o bien estructuraban muchos turnos rotativos para evitar las aglomeraciones del personal, etc. Es decir, ante los primeros síntomas de pandemia, el Estado azteca dispuso la emergencia sanitaria, que es sólo una cuestión administrativa, y operó fundamentalmente en la calle. La gente del DF se quedó en la casa, los que salían estaban provistos de todo lo necesario para ofrecer el mejor cuidado frente al temible el virus de la gripe A, y finalmente, armaron una red de atención primaria de la salud que se articuló perfectamente. Así, y nos consta, se contuvo y contiene la enfermedad.

Querido lector, ya sé, usted pensará que ellos contaron con la ayuda del clima; es casi una verdad; pero aún se registran infecciones y muertes en el hemisferio boreal, ahora mismo en aquella primavera. Lo concreto, es que el virus tuvo un obstáculo planificado para expandirse. Si el Estado argentino hubiese articulado medidas pensando en las desventajas climáticas: en que el virus H1N1 iba a tener grandes posiblidades a mutar como sucede con el de la gripe estacional, si se hubiese tomado las mismas medidas y con igual ritmo como las que dispuso el gobierno mexicano, quizá las estadísticas reales serían muchos mejores de las que todos nos vamos anoticiando.

En estas páginas siempre decimos que la farmacia independiente, profesional, es un eslabón más del sistema de salud de nuestro país. De hecho, hoy se nota más que nunca esto, en la contención de la gente, en la información de cómo evitar la gripe, de los consejos para entrenar a los pacientes a consultar con su médico para conseguir el mejor diagnóstico de cuándo se está ante un cuadro gripal estacional o cuándo este puede ser porcina. Pero la gente cuando llega al hospital se encuentra con la realidad sanitaria nacional: falta de elementos para diagnostico (sólo basta nombrar que el instituto Malbran no esta realizando pruebas de verificación de H1N1), guardias llenas, etc. Entonces, se procede con una singularidad muy a la argentina, nuestro ministerio de salud nacional, se le ocurre salir del vendaval considerando que cualquier cuadro gripal se la considera gripe porcina A. El peor pronóstico para el evitar el mayor riesgo.

Cuando decimos que un Estado debe tener una idea acabada de sanitarismo, nos referimos a poder articular todas las herramientas de gestión pública y privada y a desarrollar una estrategia completa que utilice todos los elementos a su disposición. Hoy vemos una vez más que el Estado no fue ni oportuno ni contenedor de estas contingencias que ahora explotan en todo el sistema de atención primario de la salud. Por eso, y siempre que podamos, llamamos a la reflexión a quienes quieren destruir las complejas redes de atención farmacéutica de la provincia de Buenos Aires, destruyendo la cadena de farmacias privadas independientes. Rompiendo leyes que apoyan estas mismas redes. Porque en verano volverá el dengue, y no vemos que haya una política preventiva. Porque parece que la única herramienta preventiva que tiene el sistema argentino es la suerte. La suerte de un invierno benevolente que haga llegar más rápido el calor, que aleje a los virus de la gripe, como hace unos meses esperamos que la suerte traiga el frío que alejó al mosquito del dengue. Pero que en el verano volverá, y así sucesivamente, si no prevenimos de una buena vez rompiendo el círculo vicioso de la improvisación.

Por eso necesitamos en el ministerio de Salud de la provincia de Buenos Aires y el de Nación, sanitaristas comprometidos, que entiendan la importancia de estas interacciones entre los profesionales de la salud y de toda la red de atención primaria, que comprende hospitales, CAPS, clínicas, farmacias, etc. Un Estado en alerta permanente sin pudor.

Debemos aprender de los errores de esta democracia adolescente que se cobra vidas de argentinos. Así, podremos entender que una solución a tiempo es la mejor vacuna a cualquier problema. Informar antes que curar, evitar llegar a las emergencias antes de solucionar lo que parece irreparable una vez en ella.

Es hora de entender que en contingencias como las que se viven es donde la solidaridad y las redes de atención construidas por tanto tiempo deben surgir ante la desorganización que reinó hasta ahora. Ni la suspensión de las clases, ni el cierre de fronteras, ni cualquier medida pueden detener la peor de las infecciones: la falta de una educación para la salud desde el Estado.

Néstor Caprov