
Según define la Real Academia Española, “improvisar” significa “realizar algo sin haberlo preparado con anterioridad”. Sin ser muy purista, “improvisar” puede ser un acto de espontaneidad, de amplitud –si se trata de arte o música –o puede ser una señal de falta de previsión, de trabajo e incluso de información. La segunda parece ser la más cercana a la forma en que otra vez se prepara la campaña contra el dengue, un fantasma que ya circula entre nosotros pese a todo lo que se dice desde los gobiernos sobre los trabajos que se hacen contra la enfermedad. Sí “improvisar” es hacer algo “sin prepararlo”, la actual lucha contra el mosquito Aedes Aegypti es sin duda una improvisación más, de esas que nos tiene –mal –acostumbrados los organismos encargados de estos menesteres.
Con 26 mil contagios confirmados, la epidemia de principios de este año dejó al descubierto cuanto le falta al país para encarar una campaña realmente preventiva. Pero la advertencia anterior, se encamina a volverse escarmiento poco después. Y nadie, por más optimista que se muestre, puede asegurar que por lo menos se logre contener la enfermedad, que ya causó en varios países cientos de muertos (por su versión hemorrágica) y que se sospecha ya está instalado en el norte del país.
Justo en esas provincias, los primeros datos confirman el adjetivo de “improvisada” la actual campaña. Según los primeros datos, los mosquitos siguen presentes y no hubo un trabajo estructural para luchar contra el futuro brote. “No estoy de acuerdo con las políticas sanitarias de la provincia del Chaco. No se está haciendo la prevención que corresponde frente a un posible rebrote del dengue”, dijo sin filtro Luis Lita, ex director del Hospital 4 de Junio de la ciudad de Roque Sáenz Peña, quien renunció denunciando lo que decimos en el título de esta nota. “Puede venir la cepa de tipo hemorrágico y eso va a ser muy pesado”, advirtió (Crítica de la Argentina, 15 de octubre de 2009).
Un día después de esta noticia, la vecina provincia de Corrientes declaró a través de su legislatura la “emergencia sanitaria”. Los diputados correntinos tomaron una medida que sirve para entender como la lógica de intervención en materia sanitaria está trastocada en la Argentina: declarar el mal y luego actuar sobre él. Intervenir cuando el mal está por lo menos iniciado. “El instrumento sancionado por los legisladores correntinos le da facultades especiales al Ministerio de Salud de esa provincia para que comience con los operativos de prevención” (Datachaco.com, 16 de octubre de 2009). Es decir, esperar que se produzca el brote para actuar. Todo un dato.
Cuando escuchamos y vemos las palabras oficiales respecto al dengue surgen innumerables preguntas respecto a lo que se hace o deja de hacer, y si realmente hay una estructura y un trabajo coherente pensando en un nuevo brote o si se apuesta a la “mano de Dios” (no la maradoniana) sino a esa que salva tanta improvisación típica argentina, que ya vimos en la pandemia de gripe A y otras cuestiones sanitarias. Un país que necesita una mafia de los medicamentos, con miles de vidas en peligro y una estafa pocas veces vistas, para discutir sobre la venta ilegal de fármacos fuera de la farmacia tiende siempre a la improvisación. No hay dudas.
Cabe preguntarse cómo se combate la enfermedad en otras zonas del planeta, para entender las cosas que por ahora parecen no hacerse. En 1981, Cuba sufrió la peor epidemia de dengue, con 344.203 casos confirmados, 10.312 de ellos de la variante hemorrágica, y 158 muertes. Desde ese momento, el país creó un sistema de vigilancia y una red de laboratorios de diagnóstico, para combatir el mosquito y frenar el avance de la enfermedad. Desde ese momento, y por casi 20 años, la isla no tuvo casos autóctonos de dengue, un logro que hizo que la Organización Panamericana de la Salud (OPS) nombrara como “modelo a imitar” al sistema cubano. Entre las medidas tomadas, se creó un “responsable vecinal” por cuadra, que está a cargo de recordar cada día a sus vecinos de cuadra, de dar vuelta tarros de agua, ventilar la casa, etc. De esa gran epidemia, Cuba pasó a exportar su método preventivo. Este año, unos 400 epidemiólogos de ese país estuvieron en Bolivia, ayudando a combatir el mal.
El modelo cubano se basa en prevenir al mosquito, evitando los lugares proclives para que ponga larvas. La fumigación tiene poco espacio en la campaña. Así quedó expuesto en un reciente seminario realizado en Panamá, con especialistas de todo el mundo. Allí, Romero Montoya, del Programa Regional del Dengue de la OPS, manifestó que en la actualidad circulan en Latinoamérica y el Caribe los cuatro serotipos del virus de dengue lo que obliga a replantear la lucha contra un insecto que se adapta a los insecticidas, precisamente porque es combatido en muchos lugares. “Las investigaciones revelan la necesidad de una nueva y más efectiva estrategia, porque no podemos llenar el medioambiente de insecticidas y esperar que con ello sea resuelto un problema endémico en los países de la región”, acotó (Diario Ciudad de Panamá, 28 de septiembre de 2009). Sin embargo, en el país, la fumigación masiva y a gran escala fue la cara de la lucha contra el dengue, algo que parece no replantearse nadie de cara a la campaña que se viene.
En forma de preguntas, es bueno saber cómo, pese a la ya mencionada “coordinación con municipios”, que anunció el ministro de salud provincial Claudio Zin. Cómo se llevará una campaña de deschatarrización, si proliferan los “cementerios de autos” en todo el conurbano. Cómo se detectarán los posibles casos, si la red de laboratorio públicos sigue siendo escasa, lenta, sin recursos, etc. La Provincia está “lista para evitar el dengue”, dice Zin, pero hasta el momento no explicó cómo.
A principios del siglo pasado, cuando la Argentina transformaba su estructura política y social, se hacía célebre una frase que definirá como se gobierna en el país: “la mitad de los problemas son tan vanos que se resuelven solos, la otra mitad son tan graves que no tiene solución”. Así, 100 años después, la idea se repite. La sabiduría popular otra vez da una clave para entender por qué, otra vez, estamos a las puertas de un problema repetido.
Néstor Caprov