viernes, 4 de septiembre de 2009

Cuesta Arriba.



A simple vista, la V Cumbre Hemisférica de Alcaldes, que se desarrolla esta semana en la ciudad de Mar del Plata, no parece tener mucho con el mundo farmacéutico. Pero en este encuentro, que reúne a jefe comunales de toda Latinoamérica, uno de los ejes de discusión es lograr soluciones comunes a problemáticas similares. Tratar de unificar criterios para mejorar la calidad de vida de las personas. Todas las grandes ciudades, los grandes conglomerados urbanos, están teniendo en el sector farmacéutico problemas evidentemente comunes. Hablamos de farmacias con grandes descuentos –los famosos mostradores “calientes” –laboratorios que entregan esta ventaja competitiva a la hora de comprar (para alcanzar estos descuentos contundentes que favorece la concentración), la pelea por el precio de las cadenas, que vuelve secundaria la cuestión de servicio, que desde lo sanitario es la prioridad de la farmacia independiente.

En el conurbano, a estos problemas se les debe sumar un tema de límites, donde a diferencia del interior del país donde la ruta o la vía de los trenes es una frontera, en la región el límite geográfico y político es una calle. No por nada la región metropolitana está entendida en casi todos los aspectos como una sola cosa. Con las distancias prácticamente abolidas, la gente incluye en la cuenta a la hora de comprar medicamentos el boleto del trasporte y si los números cierran (como suele suceder) se deja de comprar en la farmacia de barrio para ir a Capital a buscar el gran descuento.

Además de esto, tenemos el aumento de nuestros costos propios, ya que en la región metropolitana se pagan excesivos costos. Los alquileres en la zona son “de primer mundo”, con propiedades sobrevaluadas por la desconfianza que hay en la economía y que empuja a los inversionistas a refugiarse en inmuebles (esto hace que mientras los indicadores generales de la economía caen, los valores y los alquileres sigan subiendo). Esta elevación de costos hace que en estos días, farmacéuticos y comerciantes en general,ya no puedan sostener en el tiempo sus negocios. Estas desviaciones típicas del área metropolitana, sumadas a las propias del sector de los medicamentos, como concentración, precios de costos, poder de compra de las grandes cadenas, ventajas de compra “en líneas” de los grandes mostradores, hace que estas cuestiones se vuelvan vitales a la hora de hablar del sector.

A esto hay que sumar la ausencia de Estado como regulador, como garante de normas de juego que eviten que el grande se coma al chico. En un panorama donde en grandes ciudades no se pueda renunciar a ningún producto o servicio, porque por más pequeña que sea la rentabilidad por separado en conjunto ayudan y empujan la rentabilidad general. Situación que no sucede en las ciudades chicas, donde esta política puede entrar como “un virus” que contagie al sistema y que lo vuelque a la pelea por el precio, que termina desvirtuando el precio de los medicamentos o de cualquier producto.

Resumiendo, tenemos problemas evidentemente comunes en los centros urbanos. Si bien es siempre muy importante y hasta necesario ver a la profesión farmacéutica provincial con una mirada macro, como un conglomerado de problemas, pero esta cada vez más claro que hay que tener soluciones diferenciadas que hagan a la solución regional sin romper las “reglas” de una política provincial farmacéutica unificada. Como sucede en la medicina, donde las especialidades son tan puntuales pese a los intentos por volver al médico generalista, la profesión farmacéutica es un mosaico de problemas el cual requiere necesariamente soluciones diferenciadas. Sin el extremo de la medicina, pero cerca. Entonces como correlato de esto, resulta que en nuestras grandes ciudades tenemos, evidentemente, problemas comunes, y es necesario darle a estas ciudades, soluciones comunes. Siempre. En apariencia, los problemas del farmacéutico de Lanús y del de Tierra del Fuego son pocas. Pero acercando la mirada, esas pequeñas diferencias hacen que estemos en presencia de mercados totalmente diferentes, problemáticas profesionales bien distintas.

Ahora bien, “algo” esta pasando en nuestro gremio que hace que no podamos dar con estas soluciones comunes. Todo lo contrario. Ni siquiera nos podemos juntar a compartir el diagnóstico de la problemática, sentarnos en la mesa a discutir cuál es la mejor estrategia para encaminar esa solución. No sólo no vemos el problema común, sino que no nos juntamos a empezar a hilvanar una estrategia para enfrentarlo. Esos “algo”, que son bien nuestros y no los podemos buscar afuera, hacen que cada vez nos dividamos más, lo que terminarán por agigantar nuestros problemas. El resultado es previsible: somos más vulnerables a cualquier ataque de otro sector.

Cuando se asume la responsabilidad de decir lo que se piensa (pensando lo que se dice), como pretendemos en estas editoriales, hay grandes chances de equivocarse. Pero esta es la postal que estamos viendo, el diagnóstico al que se llega después de años de repetir siempre lo mismo. ¿Qué deberíamos hacer después de tantas peleas internas? Por lo pronto sentarnos y poner, como en un balance anual, en la tabla del “debe”, todas aquellas soluciones que necesitamos encontrar, y trabajar gremialmente en ellas. Y de paso, con esa herramienta gremial, ponernos a hablar con quienes tenemos los mismos problemas, para luego ir a negociar con los actores del sector (sindicatos, industrias, droguerías, etc.) para construir un plan a cortísimo plazo que se pueda llevar a cabo en la trinchera que cada uno defiende todos los días. Si logramos articular este “plan de batalla” de forma efectiva, estaremos más cerca de las soluciones que de los problemas.

El tema básicamente es que el enemigo más poderoso no lo tengamos afuera sino adentro del propio gremio, que hace que este planteo tan simple que todos podemos ver, pase desapercibido. Ausente en la agenda de discusión. El día que podamos sacarnos de encima esos “algo”, que dividen las aguas para que unos pocos reinen, que nos distorsionan la visión, podremos ser aportantes de ese plan maestro que nos permita hacer presión todos juntos en un punto de interés común. Mientras el frente interno siga abierto, la dispersión reinará. Y se sabe que a río revuelto, ganancia de pescadores.

La “mejor ley” es una terminología peligrosa, que gracias a nuestra herencia latina termina recayendo en una especie de “manual de usos y costumbres”. Pero como gremio, deberíamos tener un trabajo adecuado para saber detectar cuál es la mejor norma para el sector, para la mayoría de nosotros. Después, el mucho o poco apego a la ley escrita, determinará el escenario, pero eso no quita que debemos tener una aproximación a la norma que más nos conviene, que más nos beneficia.

Ya hablamos en otras editoriales de la falta de discusión dentro del gremio ya hablamos de los problemas de concentración. El tema pasa por lograr los anticuerpos que nos permitan expulsar esos “elementos distorsivos” que nos dividen, nos hace pelear por una discusión muchas veces sin sentido, y no nos permiten dar la batalla contra un mercado farmacéutico sofocante. Aquí, y mediante esta firma de lo que escribo, uno asume la responsabilidad que le toca. A quemaropa. Quizá uno mismo tenga que partir para no aportarle más a los distractores que siempre perduran. Sabiendo de ante mano, que lo mas probable es que muchos nos vayamos de uno en uno y los mismos de siempre se queden.


Néstor Caprov