martes, 28 de julio de 2009

El verdadero zorro es Don Diego De la Vega


Los abuelos suelen usar una frase para definir cuando las cosas mal hechas son cada vez más frecuente y cada vez más escandalosas. Suelen decir que estamos “curados de espanto”. Como ocurre muchas veces con la sabiduría popular, en esta frase se sintetiza esa mezcla de espanto y resignación, de cosas que no se deben hacer pero casi no se pueden evitar. Como ese “curados de espanto”, muchos vemos cada día como proliferan en lugares más insólitos la venta de medicamentos fuera del circuito de la farmacia.


Para entender esta proliferación, sólo basta darse una recorrida por el conurbano bonaerense. A los kioscos, estaciones de servicio, almacenes y otros comercios se le suman ferias municipales, puestos de frutas y hasta carritos callejeros exclusivos de estos productos, sobre todo desde que la gripe A abrió la puerta al mercado negro de los productos relacionados con su prevención y su combate. Ya no queda lugar, por inverosímil que resulte, donde no haya algún inescrupuloso que venda medicamentos, y encima de consejos.

Esta realidad no es ni nueva ni reciente. Sin embargo, en estas calles del conurbano bonaerense, abarrotadas de puestos de venta ilegal, los controles son como el sentido común: materia escasa. Desde hace rato, la tarea de la Dirección de Farmacia del ministerio de Salud de la provincia de Buenos Aires brilla por su ausencia. Porque el zorro que uno miraba en la infancia: Don Diego De la Vega, nunca era de quedarse en su escritorio y pidiendo permiso para cada cosa coyuntural. No, el zorro salía a combatir a cuanto forajido irrumpiera por la fuerza y con el mayor desparpajo. Pero lo cierto es que este pasmoso posmodernismo actual, convierte a nuestro recordado paladín: Don Diego de La Vega, en un conformista de escritorio, “luchar contra el mal” dando ordenes a larga distancia, es toda una desilusión. Un enmascarado que supervisa así, solo, la altura de soda de los sifones que sobraron de la noche anterior..


El departamento de Farmacia, dependiente de la subsecretaría de Control Sanitario, es el cuerpo encargado de hacer estos controles. Pese a las denuncias, las 12.000 muertes anuales y los miles de casos a la vista de todos, los inspectores no aparecen con la constancia y el celo que sí lo hace para requisar farmacias. Por el contrario, se los ve cada vez más consustanciados con esa visión sanitarista que dice: vayamos a fondo a buscar a los malos boticarios, a esos los encontramos hasta en la oscuridad. Siempre están al alcance de la mano para cualquier castigo. Realizando operativos para nada cuestionados, si no tuvieran de fondo una jungla de venta ilegal sin castigar (sino, sólo basta ver la editorial de este medio “Inspecciones en farmacias de Lanús, más allá del bien y del mal”, publicada el 23 mayo).

Pero un dato más dantesco es que el propio ministerio, la propia dirección de farmacia, sin quererlo, se vuelven funcionales al accionar de los evasores que compran y venden mercadería robada o trucha en cualquier puestito callejo. La importancia de esto se vuelve fundamental cuando el fisco reclama con denodado esfuerzo, el pago de los tributos y nos hace sentir esa presión tan característica y poco cariñosa. Doble imputación evasión al fisco y atentado a la salud de todos.
Pero sería injusto cargar todas las culpas en nuestra dirección de farmacia provincial, no, para nada, hay una fila mucho más larga para ocupar un lugar en el banquito de acusados. Los propios organismos de control de las municipalidades del conurbano bonaerense, que les importa un bledo las ordenanzas ya votadas y promulgadas en cuanto a la venta ilegal de medicamentos fuera de la farmacia. Son una parte importante de este estado de cosas. Dejadez, complicidad, o ninguneo al problema que estamos citando, es duro develarlo pero con un poco de cada gusto no le estaríamos errando demasiado al tiro.

Ante esta situación, uno piensa rápidamente, en aquellos falsos guapos de barrio, que se las agarraban con el más chiquito de la cuadra para “hacerse los matones” ante las miradas de las vecinas curiosas. Es fácil atacar al eslabón más débil de la cadena de responsabilidades, atacar a la farmacia independiente, mientras en los alrededores pasa de todo. Resulta extraño comprobar que mientras estos controles se dan con mayor frecuencia –insistimos, controles legales que deben cumplirse –nadie hace nada con el crecimiento exponencial de robo de camiones cargados de medicamentos de las droguerías y cooperativas farmacéuticas, por ejemplo. O cómo se esquiva en estos controles a los mayoristas o las grandes ferias municipales, que venden con máxima impunidad a la vista de todos.

Mientras esto siga así, y se continúe alimentando impunemente al demoníaco canal K, la salud de los argentinos estará en riesgo. Por más que se anuncien controles y secuestros de mercadería en la ciudad de las Gaviotas (con el debido respeto a los gaviotenses, una ciudad entrañable y recomendable para las vacaciones), se estará sacando migajas a un enorme mercado, que descarga impune, containers de medicamentos bajo receta en mayoristas y almacenes.

Lamentablemente, la cartera sanitaria están repitiendo un modelo que ya demostró su fracaso. Hablamos del que impulsó, el ex titular de la Agencia de Recaudación de Provincia de Buenos Aires (ARBA) Santiago Montoya. El ex recaudador solo quiso realizar durante su mandato un sistema de “pesca en pecera”, que apretaba cada vez más a quienes eran los que pagaban todos los meses sin la menor intención de ampliar la base tributaria, es decir, sin salir a buscar a los que no pagan y evaden (ver nuestra nota “Abuso deshonesto en la pecera”, editorial publicada el 22 de abril de este año). Algo así se da en este momento en las inspecciones de la dirección de farmacia de la provincia de Buenos Aires. Limitan el trabajo en los sectores más “4 de copas”, y no se llega ni remotamente a la raíz del problema.

Para tener una política de control sanitario, es necesario dos cosas: una visión de dónde surge el problema, en este caso de dónde se nutre el canal K de los medicamentos truchos, y segundo, coraje. Coraje para enfrentar a los verdaderos “capangas” del asunto. Sino, por más buenas intenciones que haya, se le termina pegando patadas en el traste a los más petizos. Y por más que algunos idiotas, que siempre le tienen el saco a los que ejecutan sin aviso y festejan en silencio esas piñas, la cuestión no está resuelta ni mucho menos.

El término “perejil” aparece en nuestra mente. Otra vez la sabiduría popular que resume muchos sentimientos. “Perejiles”, pensamos, cuando le sacan dos blister al almacén de Doña Rosa en el barrio San José. “perejiles”, pensamos, mientras atendemos amablemente a los inspectores, sabiendo que a pocas cuadras el canal K abre una nueva sucursal del tamaño de la torre Eiffel, en la calle y a la vista de todos, amparados por el puntero de turno. No alcanza la buena intención. Faltan otras cosas. Poner todo sobre la mesa. Y sí la decisión es jugar a favor de la salud de la gente y defender la ley provincial de farmacia 10.606, por favor: busquen donde esta el agujero negro y como solía decir el maestro Arturo Jauretche, “cuando metan el cuchillo que lo saquen cortando”.



Néstor Caprov