jueves, 6 de noviembre de 2008

El hambre de Moby Dick


Los griegos consideraban que las paradojas eran la grieta por donde el mundo -por lo menos el terrenal -podía llegar a su fin. Es que una idea paradojal termina por encerrar un círculo del que es imposible salir, un callejón sin salida de donde no se puede avanzar, ni retroceder. Si una paradoja se profundiza, termina por colapsar. Algo de esto hay en el mundo farmacéutico que se vienen dando en estos tiempos de concentración y asimetrías, donde una normativa nacida para defender los intereses de los más chicos puede ser, en este contexto, una especie de "salvavidas de plomo".

Uno de estos casos en la actual normativa que rige en la provincia de Buenos Aires sobre la locación de locales de farmacias. Según la ley, debe haber un local farmacia cada 3 mil habitantes de cada localidad, y distanciadas por lo menos unos 300 metros unas de otras. Pensada con un enorme espíritu sanitarista, la norma busca defender al local independiente y comunitario, además de garantizar la llegada de la dispensa a todos los barrios y todos los sectores. Pero en estos días donde los grandes capitales se vuelcan al negocio farmacéutico con voracidad llamativa -incluso en esta época de recesión y contracción del crédito -la ley puede volverse contra su propio interés.

Es que cada una de estas grandes cadenas ganan día a día, más porciones del mercado. Se estima que por ejemplo, el 30 por ciento de las farmacias factura el 80 por ciento del total de los ingresos que se genera de un gran prestador como PAMI. Es más, en un centro urbano de envergadura como Lanús, con 500 mil habitantes aproximados, una sola farmacia tiene el 40 por ciento del mercado de medicamentos dispensados en todo municipio. Un gran número, que habla de la concentración que existe en el sector. Ganado el mercado, a fuerza de capitales, la ley nacida para defender al "pez chico y al espíritu sanitarista" termina beneficiando al "pez grande y su visión descarnada sobre el mercado de farmacias".

Ahora bien. Usted podrá decir si desde este espacio estamos por la abolición de la norma, de transformar la provincia a lo que hoy es Capital Federal, una zona libre para la instalación de grandes cadenas. No, no es esa la intención, pero muchas veces repensar una ley (o sus efectos inmediatos) es la mejor forma de defenderla. Además, ¿no están ya las cadenas instaladas en nuestras avenidas? ¿Ya no está abierta la puerta?, ¿ no se construyeron por compra de farmacias ya instaladas nuevas farmacias como parte de una cadena?

Otra paradoja de igual sentido se da con las bonificaciones que las farmacias están obligadas a hacer, ya sea para las obras sociales o las tarjetas de crédito. Su carácter de confiscatorio -para usar una palabra tan de moda en los medios gracias al conflicto del agro -y su arbitrariedad hace que sea imperioso discutir con los otros sectores una rebaja, pero no en condiciones generalizadas. Es que si, supongamos, las Instituciones lograran una rebaja del 2 por ciento en los puntos que se bonifica al PAMI en el mostrador, los beneficios, así dados sin ninguna discriminación, tienen un efecto dispar. Ese 2 por ciento representa, en una farmacia de barrio, de 200 a 400 pesos, equivalente a lo que paga un farmacéutico por su jubilación o su matrícula. En las grandes cadenas, ese 2 por ciento puede traducirse en 20 mil a 40 pesos. Otra vez la paradoja, otra vez el beneficio pensado para el chico termina ayudando al grande.

Con esas ganancias que se entregan, las grandes cadenas pueden comprar una farmacia independiente por mes, pueden acrecentar su poderío en el mercado y así seguir castigando al modelo sanitarista de farmacia profesional. Y lo hace, paradójicamente, con una herramienta pensada para defender al "más chico".

Estas no son ni ideas cerradas ni conceptos definitivos. Son aportes a una discusión que creemos por lo menos ausente en el sector. No se pide que se eliminen las normas, sino que se piensen. Y para eso estas líneas abiertas a la discusión de todos. Frente al espejo la imagen de la farmacia protegida por las normas actuales puede devolver una deformada realidad de lo que sucede.

Obsesionado con la ballena que le hizo perder la pierna, el capitán Ahab recorrió los mares del mundo buscando venganza. Creía tener una causa justa, matar a Moby Dick. Tras de sí arrastró a su tripulación, que murió por seguir a su líder en lo que creía una causa justa. Si bien Hernan Melville escribió su novela clásica pensando en lo trágico del destino humano, en como un ideal noble puede convertirse, exacerbado, en una tragedia, su simbolismo sirve para pensar que pasa con estas dos paradojas del mundo farmacéutico. Como "lo justo" puede cambiar, por los matices de la realidad, y volverse contrario a su espíritu original. No está mal pensarlo, para evitar que lo que fuera una herramienta de protección termine siendo, a su pesar, una nueva condición de pauperización para un sector que ya está golpeado. Antes de que la ballena termine por hacer naufragar el barco.



MIRADA PROFESIONAL