viernes, 29 de agosto de 2008

Cuando Frankenstein se cargue a su creador.


A principios de este mes, la Asociación de Defensa de Derechos de Usuarios y Consumidores (ADDUC) denunció que en estaciones de servicio de Lanús se esta vendiendo combustibles con alzas en los precios de hasta el 8 por ciento. Según la institución, en todo el distrito -como en otros del conurbano e incluso en el interior del país -los combustibles se encuentran con distintos precios según la estación, para una misma marca, muchas veces dependiendo del horario que se carga. Pese a que se notificó a la secretaría de Comercio Interior, al mando del polémico Guillermo Moreno, la situación continúa, y cada vez que un vecino de Lanús va a cargar combustibles, el precio de los mismos se encuentra alterado, por el valor por unidad, los recargos por pago con tarjeta o por la trampa del "servicio de playa".

Este no es el único rubro donde pese a todo lo que se dice en materia de precios hay una especia de "viva la pepa". Es que hoy, en Lanús, entre una farmacia y otra los pacientes pueden encontrar diferencias de hasta el 30 por ciento. Es más, en algunos productos, sobre todo los que compran los afiliados de PAMI, el descuento alcanza el 100 por ciento. Es decir, los jubilados se los llevan de los mostradores sin pagar nada; cuando en realidad, la cobertura de ese medicamento es del 80% de descuento.

Lo que en inicio es una importante ventaja para los vecinos tienen en el fondo una realidad por lo menos truculenta. Que haya un selecto grupo de farmacias, por lo general vinculada a un gremio que obtienen ventajas corporativas por sobre la gran mayoría de los locales independientes, genera una sensación errónea de aumento de precios, un paradigma donde el afiliado piensa en farmacias "buenas y malas", cuando en términos de salud pública las buenas o malas voluntades poco tienen que ver.

Como siempre, un ejemplo concreto sirve para entender mejor de que se trata. Pedro, un jubilado promedio de Lanús, es diabético. Vive en Monte Chingolo, supongamos, a unas 40 cuadras de la estación, del centro y de la casi todas las entidades que lo atienden: PAMI, el banco, la municipalidad., EDESUR, etc; Como muchos diabéticos, Pedro utiliza DBI AP, un antihiperglucemiante oral que se utiliza tanto para la diabetes tipo 1 o 2. Según el convenio de PAMI, DBI AP (acción prolongada) por 100 tiene un descuento en el mostrador del 80 por ciento. Es decir, que debe pagar el 20 por ciento de su valor en la farmacia. Pero hace un tiempo que Pedro se encontró con una sorpresa: en una gran farmacia, se lo dan gratis. Si, gratis, con una cobertura total de su valor.

¿Cómo puede suceder esto? Sencillo. Esa gran farmacia fue capturada por el laboratorio, que decidió unilateralmente y sólo por conveniencia propia que esa boca de dispensa, y sólo esa, pueda disponer de ese 20 por ciento de bonificación. ¿Filantropía? ¿Conciencia social? Nada de eso. Por medio de notas de créditos, bonificaciones o utilizando medicamentos originales gratis los laboratorios compensan ese 20 por ciento, y de esta manera generan la direccionalidad de la oferta. Además, por estos medicamentos y por esta vía, el laboratorio no paga impuestos, por lo que queda una franja de producción lejos del control estatal de todo tipo.

El primer problema con este método es la discrecionalidad de la venta, que definitivamente perjudica la cadena minorista. Obviamente, la ventaja que obtiene Pedro y todos los jubilados de Lanús no está en discusión. Está bien. Lo que se pone en duda y genera malestar es la forma y sus consecuencias. Laboratorios utilizan este sistema, incluso en líneas enteras de productos, para mantener los privilegios de unos pocos. Y se sabe que como dice el dicho popular, "cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía"…

Esta línea de compensaciones tiene un claro objetivo: dividir el mercado farmacéutico. Si con esta política de ofertas los laboratorios logran que el sector se concentre en discusiones internas, su dominio sobre la cadena de comercialización es total. Para eso, alimentan este sistema que como adicional les da el control sobre los modos de consumo de los pacientes. Porque Pedro deberá tomar un colectivo, viajar, esperar, en definitiva, hacer todo un proceso para adquirir su medicamento, reforzando la inequidad del desarrollo del mapa farmacéutico local, alimentando un centro rico y desprotegiendo una periferia pobre. Si utilizamos el modelo económico de centro y periferia que desarrollaron tantos economistas, de Werner Sombart a Alain Reynaud, la periferia está subordinada porque el centro es dominante y recíprocamente. Aplicada a este modelo, esta teoría permite ver como las desigualdades en las relaciones entre ambos sectores y ante terceros termina subyugando el desarrollo de uno por el beneficio de otro.

La excusa que muchos proveedores pueden esgrimir para mantener esta direccionalidad tendiente a la división de los farmacéuticos es que las ofertas tienen que ver con los volúmenes de compra. En cualquier esquema económico, incluso en los que tiene que ver con la intervención estatal, el mayor volumen de mercancía implica menor costo por unidad. Este argumento es fácilmente refutable en este sistema, ya que la existencia de cámaras, federaciones y colegios que nuclean a farmacias independientes pueden hacer las veces de compensador de estos volúmenes, es decir, que un acuerdo global con estas entidades puede equiparar -y superar -la cantidad de compras para evitar la direccionalidad.

Sin una ley nacional de medicamentos, sin una regulación en todo el territorio, con los estados provinciales tratando, hasta ahora con dispar resultado, de generar leyes que salven la ausencia a nivel nacional, el mercado se volvió, sin más, una selva. En estas condiciones, estas quejas pueden sonar a un pedido de "civilizar la selva". No es así. Eso es un oxímoron. Un contrasentido. Pero esta situación está planteada como la última frontera entre dos modelos de farmacias: el europeo o el chileno.

Este esquema, además, tiene un peligro latente. Como sucedió en Chile con el caso Ahumada, alimentar a un gigante indiscriminadamente puede terminar mal. Crear un monstruo insaciable de bonificaciones y descuentos, alimentado por esa direccionalidad antes denunciada, puede salirse de control. La pregunta es saber cuánto va a tardar esa maquinaria de morder la mano del que hoy la crea y alimenta. En el final de Frankenstein, la novela gótica de Mary Shelley vuelta clásico de la cultura contemporánea, el monstruo creado por el doctor Víctor termina volviéndose contra su padre. Frankenstein es una creación del afán de poder, de la ambición. Sin medir consecuencias. Un buen ejercicio será releer esas páginas, que fueron escritas para hablar de los límites morales de la humanidad, pero que bien se aplican para este caso que afecta el normal desarrollo del modelo farmacéutico. Antes que sea tarde, y el monstruo se salga de control. No digas después que no te avisé.

MIRADA PROFESIONAL