
BUENOS AIRES, Julio de 2008: Imágenes de un futuro (cercano) de la profesión farmacéutica, en una ficción. Un homenaje con mucho respeto al maestro Aldous Huxley, que ya en 1932 daba pistas de algo que vivimos y tal vez no lo vemos todavía.
El bullicio monótono del bar apenas tapaba el sonido del televisor, que sobre la barra vigilaba a los parroquianos. Sentados de a tres o cuatro, los empleados departían entusiasmados sus tragos, unos blue angel de un azul profundo, mientras compartían comentarios sobre el último partido del seleccionado porteño. Todos tomaban el mismo trago, en todas las mesas los porotos de soja en vinagre hacían de aperitivo. Lautaro y Fidel entraron casi sin llamar la atención. Eran las 18 en punto. Pidieron, obviamente, dos blue angel. Mientras esperaban, el volumen del televisor se sobrepuso al ruido ambiente. "Buenos Aires, abril de 2011. Se perfila una nueva elección, y el candidato Arnaldo de Lorenzo tiene la mejor imagen entre los postulantes. Informó Noti-Sitio, la división informativa de Farma-Sitio". Nadie prestó atención. Sin embargo, Fidel se sobresaltó. "Te enteraste de lo que le paso a Xavier", preguntó, mientras arrastraba por la barra los tragos. Los ojos interrogantes del cantinero se clavaron en los dos empleados. "Sshh", fue la única respuesta de Lautaro, mientras se llevaba el dedo índice sobre los labios.
Una vez solos en la mesa, los empleados se aflojaron y tomaron un rato en silencio. Después de unos porotos, se limpiaron las manos y se miraron fijo. Los dos sabían quien era Xavier, qué hacía rato estaba con algunos problemas en su farmacia, y que apenas sobrevivía gracias a un puñado de vecinos que casi lo visitaban como una forma de mantenerlo en actividad.
-Cerró. Xavier cerró. Se cansó y largó todo. Era casi el último que sobrevivió a las dos hecatombes, la del 2001 y la última, la del 2010. Los dos empleados se quedaron en silencio. Xavier era uno de los últimos farmacéuticos que seguía operando por fuera del imperio de Farma-Sitio. Después de mucho resistir, había decidido cerrar, acorralado por las deudas y la presión que el gigante, que dominaba el 70 por ciento del mercado, hacia sobre su negocio. De nada le sirvió la capacitación, los cursos y los años de aprendizaje, del conocimiento y la dedicación. Sin posibilidad de competir contra el imperio, tuvo que cerrar. El de Xavier era un caso emblemático. Él había advertido esta situación hace mucho tiempo, fue uno de los primeros en denunciar como el imperio se iba quedando con los locales independientes, a fuerza de dinero. Él había denunciado como Farma-Sitio abría uno tras otro sus locales en los grandes centros; en Buenos Aires, en el conurbano y el interior de la provincia, Córdoba, Rosario, Mar del Plata. Iguales, imponentes, los locales se empezaron a multiplicar, a desequilibrar el mercado. Incluso cayeron algunas cadenas "menores", que no pudieron soportar la presión económica del gigante y perdieron sus locaciones en shoppins, supermercados y grandes cadenas de ventas. Xavier lo había advertido, pero nadie lo escuchó. Nadie respondió su llamado de unir los esfuerzos de los independientes. "Armar la resistencia" había dicho, y algunos se rieron. Pero él insistió. "No dejemos que los colegios de farmacéuticos queden como centros de capacitación, para formar de manera profunda y seria a profesionales que después no pueden tener su propio local", imploró.
-No se puede pelear contra el gigante. Mirá la mano que le dieron a de Lorenzo, para estar donde está -se consoló Fidel, mientras recordaba las palabras de Xavier. Ahora era tarde. Ahora Lautaro y Fidel estaban condenados a trabajar entre cosméticos y productos de perfumería. Porque mientras todos pensaban que Xavier era un exagerado, el gigante avanzaba. Se iba comiendo el mercado, se iba haciendo dueño de todo. "La resistencia", se reían de Xavier, pero este insistía. Farma-sitio esta quedando con los mejores locales, esta dejando a los barrios sin farmacias. Nos estamos regalando por nada", fueron sus últimas palabras, hace un tiempo, en un encuentro de capacitación. Después se apartó, para tratar de armar su propia resistencia.
Pedieron otro blue angel. Miraron el reloj. Casi las siete de la tarde. El turno de la tarde empezaba a las nueve, había tiempo. Sin saberlo, los dos pensaron lo mimo. La rutina del vestuario. La ropa blanca, impoluta, bien planchada, desplegada en el banco. El acrílico dorado con sus nombres, las lapiceras y el anotador. Vestirse, acomodar el cuello, en acrílico. Cerrar el casillero, caminar por el pasillo, pasar el control. El "perfecto" que le daba el encargado, mirando de costado si había sombra en la barba, si el pelo estaba lo suficientemente corto. La sonrisa forzada. El mostrador. El número de clave. La voz metálica de la máquina y su "bienvenido al sistema". Los dos sintieron la melancolía caer sobre los hombros. No dijeron nada. Apenas tomaron sus tragos y pidieron dos más.
Todavía se acordaban de cómo Xavier les hablaba de la baja de costos, de la baja de salarios, les hablaba de cómo el imperio iba a buscar reducir gastos a partir de los sueldos de sus farmacéuticos. "pauperizar la profesión", les decía. Y ellos le prestaban atención, por cariño nomás. Si hasta los otros colegas los cargaban "Ahí va el profeta y sus discípulos", decían cuando ellos pasaban. Cuando Xavier escuchaba se daba vuelta y los retrucaba: "profeta del Apocalipsis". No había vez que dijera eso que todos se mataban de risa. Pero Xavier seguía. "Ahora están por hacer acuerdo con las tarjetas de crédito.Veinticuatro pagos sin interés. Cómo competimos. Encima ahora vienen los descuentos estacionales y las promociones cuatro por uno. Porque tienen lazos con los grandes proveedores, los grandes fabricantes. Los condicionan. Pero se les fueron de las manos. El gigante creció demasiado, está haciendo su propio camino, y los laboratorios que le dieron de comer están viendo que ahora no hay forma de pararlo". Xavier insistía, pero nadie lo escuchaba.
Cuando iban a pedir la cuarta vuelta, el bar se quedó en silencio. Un par de encargados entraron, y todos los miraron. Iban con dos hombres de traje. "Políticos, seguro", dijo Fidel. "Gerentes y políticos", añadió Lautaro. Eran las nuevas alianzas del gigante, que seguía extendiendo sus influencias en todos los sectores del poder. Así, se entendía porque los laboratorios estaban un poco atados a los que hiciera el imperio. Estaban cautivos. "Poder económico y político", decía Xavier.
La última vez que habían visto a Xavier salían del bar, a la hora de siempre. Estaba con las manos en los bolsillos, caminaba despacio. Lo tuvieron que llamar varias veces para que los viera. Ellos estaban bastante alegres. Había sido una noche de varios blue angel. Ellos no paraban de hablar, de gritar, de reírse. Él los miraba. Cuando le dieron un momento, sacó del sobretodo un sobre. "Qué traes ahí, son títulos". "Los míos, los de toda la vida. Los de Atención Farmacéutica, los del posgrado, todos. Los voy a llevar a un lugar más seguro". Ellos se rieron. Xavier se fue.
Cuando salieron del bar faltaban unos minutos para las ocho de la noche. Hacia frío y el cielo estaba negro, como siempre. Caminaron hasta la puerta, marcaron sus números, entraron callados. "Bienvenidos a Farma-Sitio, un lugar para todos los gustos". La voz metálica era parte del ambiente junto a plasmas de 69 pulgadas encandilando las 1001 ofertas del día. Se cambiaron, marcaron, sonrieron, salieron. En la mano la foto del último asado con Xavier. En el fondo, el viejo local, el que había construido el padre, el que había trabajado él. Tres años del cierre. Casi no se acordaba de esos días. Ahora era otra cosa. Turnos rotativos, tragos en el bar del imperio, charlas informales con los compañeros. Apretó la foto y la tiró a la basura. Ya no necesitaba esos recuerdos. Empezaba su turno. Era feliz.
MIRADA PROFESIONAL