
Algunas reflexiones sobre un país de guapos, de la falta de diálogo, de teléfonos cortados, de mediáticas solicitadas que no solucionan nada y empeoran la situación aun más y otras formas del antagonismo compadrito.
En la antigüedad, existía un gobernador de una zona del interior de China famoso por la justicia de sus fallos. Lo conocían como "el rey justo", y desde muchas regiones del imperio llegaban para pedirle consejo y asesoramiento. Cierta vez, dos hermanos muy enemistados se acercaron a su corte. Estaban disputando la herencia de su padre, un campo de muchas hectáreas, y no se ponían de acuerdo en su división. Ambos querían quedarse con lo mejor del terreno, con la zona con más arroyos o con los lugares más fértiles para cultivar y criar ganado. Como ninguno quería ceder acudieron al "rey justo". Este pensó un minuto y luego le dijo a uno de ellos: "tu dividirás el terreno como te parezca". Ese hermano sonrió, y pensó en hacer una gran frontera donde de un lado quedarías los arroyos y las praderas, y del otro lado las ciénagas y los pantanos. El rey, mirando al otro hermano, le dijo "pero serás tú quien elija primero qué lado del terreno te quedarás". Ambos entendieron el mensaje del rey, agradecieron y marcharon a su campo, para dividirlo en partes iguales.
La enseñanza de esta historia, si es que tiene una, es que sólo poniéndonos en el lugar del otro, tendiendo puentes de diálogos entre las partes, se puede llegar a una solución a la hora de enfrentar dos posiciones antagónicas. En esta Argentina de los polos opuestos, las disputas desmedidas y las opiniones crispadas, la necesidad de mejorar las instancias de diálogo se hacen imperiosas. En muchos aspectos, el país sufre la falta de ese "rey justo" que pueda acercar dos opuestos, no sólo con la sabiduría de sus decisiones sino con la capacidad de generar consenso entre las partes que acepten sus fallos.
Para empezar a entender qué está pasando en estos días de enfrentamiento constante en el país, hay que buscar las raíces de este antagonismo casi visceral que afecta cada vez que a grupos o personas que deben ponerse de acuerdo. Primero, hay que enfatizar que detrás de los intereses sectoriales se encuentra el bien común. El diálogo es, en muchas formas, la base de la democracia, una respuesta cultural a la evolución de la civilización que comenzó en las cavernas, donde la respuesta violencia era una cuestión "natural", y que avanza hacia formas menos antagónicas y con más matices. Este diálogo es en definitiva un procedimiento de resolución de conflictos basado en la argumentación dialéctica de posiciones antagónicas que puedan dar lugar a una alternativa superadora y compartida.
Pero la pregunta es cómo se fomenta este diálogo entre opuestos, en ideas e intereses. A mediados del siglo pasado, el pensador austriaco Martín Buber creó lo que se llama "la filosofía del diálogo". Según Buber, "el diálogo como logos o inteligibilidad se produce a través de la palabra y a través de ésta se abre un inmediato ámbito de la realidad que es el mío y el tuyo. Es decir que yo abro al ser de la palabra en relación contigo y tú te abres al ser de la palabra en relación conmigo". Esta idea abre una realidad bifronte entre el Yo y el Tu, que se comunican a través del lenguaje, entendido como fuente de consentimiento. La filosofía del diálogo de Buber se funda en que cada persona confirma a la otra como valor único y las relaciones indirectas o utilitarias, en las que cada persona conoce y utiliza a los demás pero no los ve ni los valora en realidad por sí mismos. Si bien está basada en la relación de Dios con el hombre, esta filosofía abre el diálogo entre partes, incluso en aquellas situaciones donde una de ellas está "ausente" como Dios.
Ahora bien, cuando el diálogo no prospera, se genera el conflicto, que en sí mismo no es bueno ni malo. Si Copérnico no hubiera confrontado con la iglesia, tal vez seguiríamos creyendo que la Tierra es el centro del universo. El problema con el enfrentamiento entre las partes es que alejan al resultado final de la discusión de la verdad. En estos casos, la situación necesita de un tercero, que institucionalizado como autoridad o imparcial, debe hacer respetar las resoluciones de este diálogo. En el caso de nuestra actual situación, este lugar lo ocupa el Estado. Como Ortega y Gasset, entendemos el Estado como "una técnica, de orden público y de administración", debe institucionalizar la forma de superar esos conflictos que prolongados en el tiempo, terminan desvirtuando el camino emprendido, que no es otro que el de la verdad social.
Martin Heidegger señaló en tiempos de la Alemania nazi que "no hay posibilidades de elegir entre alternativas diferentes, eso pertenece al individualismo liberal y superficial. Esa elección está precedida de todo un dolor que está detrás y que los empuja a enfrentarse no con la solución que pensaban que la tenían en la mano, sino a enfrentarse con el enemigo, la elección de una alternativa es siempre antagónica, esto quiere decir: si yo elijo éste camino, tengo que saber que al elegirlo, enfrente está el enemigo, es decir que no hay elección de alternativa, hay elección de trinchera". El resultado de esta filosofía fue la maquinaria asesina que puso al mundo al borde de la aniquilación.
Cuando se habla de salud o educación, entendidos como bienes comunes o sociales, la necesidad de lograr la mejor situación para la mayoría es primordial. Pero la verdad no es una cuestión de mayorías, sino de consensos. Si como dijimos el diálogo es la base de la democracia, es esta la que nos permitirá llegar a la verdad. Entonces, cada vez que dialogamos, que buscamos consensuar una medida o una propuesta, no sólo ejercemos la democracia, sino también nos acercamos a la verdad. Cuando se logró aprobar la Ley de Medicamentos de 1964, conocida como "ley Oñativia", en homenaje al ministro de Salud del gobierno de Arturo Illia, Arturo Oñativia, se consensuó con la mayoría de los sectores, y se puso el acceso a la salud como eje de los fundamentos. La ley cayó mal entre sectores económicos, pero surgió de un diálogo franco entre quienes componían el arco sanitario nacional. No pudo sostenerse, pero ese es otra discusión.
La búsqueda del bien común y la verdad compartida, de generar diálogos entre las partes es una aspiración fundamental. Estamos lejos. Volviendo al "rey justo" del comienzo de esta nota , si es que usted llegó estoicamente a este final de nota, la versión argentina es un tanto preocupante. En su libro "Mis olvidos Lo que no dijo el General Paz en sus memorias", Dalmiro Saenz reconstruye aquella historia con una mirada crítica al país. Al parecer, preso de los Federales, el General Paz miraba por la ventana de su celda como dos hermanos discutían por los terrenos que su padre muerto les había dejado. Eran mazorqueros, y eran en ese momento los guardias de Paz. Desde su celda, el general unitario les cuenta la historia del "rey justo", de la separación de bienes y de ponerse en el lugar del otro. Mientras Paz hablaba, aprovechando el descuido de uno, el otro mazorquero le pegó una puñalada, miró al general y le dijo: "asunto solucionado". Es una ficción, pero sirve; debería ayudarnos a entender de donde vienen parte de nuestros problemas.
MIRADA PROFESIONAL