
Todos los días, la TV, la radio o los diarios muestran a supuestos especialistas médicos (nutricionistas, pediatras, dentistas, etc.) recomendando tal o cual producto para mejorar la salud, las defensas, para crecer sano o para simplemente llevar una vida mejor. Esta tendencia, que tiene sus abanderados en el yogurt, parece más una derivación de la idea de entender la salud como un aspecto más de la sociedad de consumo (ya analizada en MP con la forma de publicitar medicamentos en Argentina) que el avance de una industria puesta al servicio de la sociedad.
La alarma de esta creciente medicalización de los alimentos como una estrategia de venta la prendió una cadena de emails que ponía en duda las propiedades del Actimel, el yogurt de La Serenísima que según su publicidad "actúa sobre las defensas reforzando el organismo". Con la cara visible del conductor Pancho Ibáñez, la empresa difunde las propiedades de su producto con un concurso llamado "el desafío Actimel", que busca que las personas prueben por un mes los beneficios de este alimento, aunque nadie aclara la base científica de estos. El correo que circuló por Argentina y Europa (Danone, de capitales franceses, es la propietaria de La Serenísima) denunciaba la siguiente situación: "El Actimel provee al organismo una bacteria llamada Lactobacillus Casei. Esta sustancia es generada normalmente por el 98 por ciento de los organismos, pero cuando se le suministra externamente por un tiempo prolongado, el cuerpo deja de elaborarla y paulatinamente olvida que debe hacerlo y cómo hacerlo, sobre todo en personas menores a 14 años".
A esta denuncia, que generó la polémica entre especialistas con dudosas motivaciones, agregaba que "la secretaria de Salud de Argentina obligó a Actimel (La Serenísima) a indicar en su publicidad que el producto no debe consumirse por un tiempo prolongado; y cumplieron, pero en una forma tan sutil que ningún consumidor lo percibe (por ejemplo Desafío Actimel: consúmalo durante 14 días o haga de agosto su acti-mes)". Si bien la acusación fue desmentida categóricamente, y el mail de hecho tiene errores bastante básicos como el tema de la supuesta "secretaría de Salud" (en Argentina la encargada de vigilar la acción de los alimentos y los medicamentos es la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT), y no existe una secretaría de Salud), lo que deja ver que no hay un control estricto y específico para este tipo de información que circula libremente por los medios, y que algunos especialistas llamaron "boom publicitario de los productos alimenticios de venta libre que garantizan efectos terapéuticos". En el caso de Actimel, desde España desmintieron que el consumo prolongado del producto cause los efectos denunciados en el mail, o cualquier otro tipo de perjuicio para la salud. Pero lo que no pudieron demostrar es que la presencia de esta bacteria en el intestino pueda proteger frente a una infección sistémica como pudiera ser, por ejemplo, una gripe. En Argentina, en el sitio de la Sociedad Argentina de Nutrición no existe ningún tipo de información sobre este tema o ninguno relacionado. La incógnita se revela cuando se ve el pie de la página: "este sitio es auspiciado por La serenísima-Danone".
El auge de los productos que actúan como reguladores intestinales, que puso de moda el eufemismo "tránsito lento", desnuda una nueva forma de alimentarse en un mundo donde los tiempos se acortan y la necesidad de mayor "rendimiento" se hace patente. Abandonar los hábitos alimenticios que pueden entenderse como tradicionales (desayuno, almuerzo, merienda y cena) por una sobresalta forma de comer es parte de esta nuevo ritmo que impone la solidad, que muy bien describe Jorge Veraza Urtuzuastegui en su libro Los peligros de comer en el Capitalismo. "Algunos alimentos característicos de la dieta moderna, como el azúcar refinada, la carne roja, los aditivos, la comida chatarra, la comida rápida, el agua embotellada, las llamadas "drogas legales" (café, tabaco y anfetaminas) y los transgénicos están asociados a algunas enfermedades y al auge de la industria farmacéutica, como obesidad, diabetes y cáncer".
Pero además, el marketing de las propiedades medicinales de los alimentos, advirtiendo que la calidad de alimentación era notable, dio un paso más allá. Así, creó a través de la publicidad una necesidad de prevención casi paranoica. La industria está enfilando sus cañones propagandísticos e ideológicos para persuadir a sectores crecientes de población de que ingieran ya no medicamentos para curarse (algo que ha resultado por lo menos problemático, porque cada año crece los daños por la automedicación o los trastornos por la mala utilización de los medicamentos) sino medicamentos o "pre-medicamentos" para no enfermarse. Una vez afinado el mercado de los medicamentos, la industria entró al de alimentos. Así, comenzó a crear la necesidad (a través de la publicidad, entendida como un aparato encargado de reparar la situación de angustia por la no posesión de un producto, que ella mismo creo) de prevenir a la hora de comer.
Todo esto se da en el marco de una sorprendente ausencia del Estado, ya no para crear herramientas para concientizar a la sociedad a la hora de comer, sino para, por lo menos, controlar que la legislación actual sobre este tipo de publicidad, no se vuelva engañosa.
El Código Alimentario Argentino dice, en su artículo 235, que "en los rótulos o anuncios, por cualquier medio (propaganda radial, televisiva, oral o escrita) queda prohibido efectuar indicaciones que se refieran a propiedades medicinales, terapéuticas o aconsejar su consumo por razones de estímulo, bienestar o salud". Clarísima la norma, clarísima la violación. Para profundizar la polémica, muchas de las publicidades se apoyan en la palabra de médicos y especialistas, que utilizan la palabra autorizada que les da un título para darle el marco legal a la creación de necesidad de consumo. Con el producto Danonino pasa algo muy llamativo. Este producto, destinado a los niños en edad de crecimiento, es promocionado por un pediatra. Sin embargo, colegas suyos emitieron opiniones contrarias. "El Danonino es una bomba de vitaminas y minerales que un bebé no puede procesar ni eliminar su exceso", dijo un nutricionista infantil del hospital británico, según otro correo electrónico que circula.
Mientras tanto, las mesas de los argentinos cada vez están más pobladas de productos de elaboración casi médica, de productos "farmacéuticos" para prevenir males o simplemente para estar mejor. Ambigüedad y falta de respuestas claras del Estado están dejando a la sociedad presa del marketing de las comunicaciones. Los nuevos alimentos que curan son los modernos mitos alimenticios, que apoyado en la supuesta base científica modifican los hábitos de consumo. Mitos que por más especialistas que hablen -y consumidores que crean -no dejan de ser eso, mitos. Como la mortalidad de mezclar sandía y vino tinto, que no mata pero generara miedo. Y consumo.
MIRADA PROFESIONAL